lesbofobia, bifobia y transmisoginia como ‘daño’

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una de mis líneas de trabajo es la salud sexual de mujeres sáficas, haciendo especial énfasis en el abandono de las mujeres trans, que no son concebidas en líneas generales, y por activistas y expertas por igual, como mujeres que puedan ser lesbianas y/o bisexuales, y por tanto, no son merecedoras de asistencia o reflexión sobre su salud sexual.

en mi trabajo, desarrollo el concepto “cisheterosexualidad como determinante de salud sexual” basándome en la idea más que trabajada desde muchos ámbitos de “género como determinante de salud.” la idea clave estaría en entender que los condicionantes cisheterosexuales y las consecuencias que tienen (diferentes grados de violencia, opresión y discriminación, vehiculizados por la lesbofobia, bifobia, transmisoginia y transfobia), no solo impactan de una manera negativa en la salud sexual de las mujeres sáficas, sino que además, impactan en la manera de construir, articular y concebir su propia concepción de sexualidad, deseo, autoestima sexual y otros muchos aspectos que conforman la salud sexual e integral de una persona, convirtiéndolas en precarias sexuales.

parto de dos postulados principales, que en realidad, tienen mucho que ver el uno con el otro. primero, la superación de la sexualidad como algo “natural” vinculado a las prácticas sexuales coitales y penetrativas, en las identidades de género binarias y en la heterosexualidad, y conceptualizarlo como procesos sociales, culturales y políticos complejos, que no son ajenos a los contextos históricos ni están conformados fuera de ello.

segundo, comprender también la salud (la enfermedad, la curación, la atención médica y la asistencia) como construcciones culturales, sociales y políticas complejas. donde significados y prácticas no son universales y atemporales, sino que han cambiado en cada sociedad y momento histórico, y sobre todo, como en una sociedad capitalista como en la que vivimos, tenemos que comprender todos estos procesos dentro de las lógicas políticas y económicas, y el impacto en la salud, y sobre todo, el funcionamiento del sistema médico.

la perspectiva de la antropología médica crítica me ayudó a superar el modelo de salud sexual biomédico y centrado en la prevención de emergencia, para situarlo en el plano mucho más multidimensional y complejo, donde los contextos sociales, culturales, económicos y políticos vinculados a la sexualidad, impactan negativamente en la salud sexual.

un ambiente invalidante en que cualquier expresión no normativa de género génera unas lógicas de rechazo y represión que tienen consecuencias sobre la salud sexual e integral, pertenecer a un colectivo estigmatizado y deshumanizado, constantemente cosificado sobre todo en el plano sexual, impacta sobre la salud sexual e integral, las representaciones estereotipadas, la invisibilización incluso dentro del propio colectivo, el impacto constante de la mirada masculina, la violencia cotidiana y sostenida, una mala asistencia médica… todo va a tener consecuencias nefastas sobre la salud sexual de las mujeres sáficas, y no podemos tener una buena salud integral sin una buena salud sexual.

es por esto que comprendo la lesbofobia, la bifobia y la transisoginia como ‘daño’, pero como un daño que supera o que se suma además de, el daño físico. porque sabemos que pagar las cuotas sociales a ciertas existencias, vivir con ciertos estigmas, tiene consecuencias en la salud mental e integral de las personas.

reflexionando desde la antropología médica crítica, ‘daño’ (harm), se entiende como un estado de vulnerabilidad al silencio y a la culpa, a ser objetivo de acusaciones, y el foco de miedos y de ansiedades de una persona que ha contraido una enfermedad con una gran estigma social (herd, 2001) (por ejemplo, el vih), pero que también incluye la pérdida de status social, de la pertenencia a la comunidad e incluso la pérdida de existencia misma. al que además tenemos que añadir la pérdida de salud y bienestar como una consecuencia de la culpa y el mal trato, así como la inequidad en el acceso a bienes, lugares o status de valor o de primera necesidad (baer et al., 2003, 238).

el problema está cuando, la mera existencia de ciertas personas que se salen de los parámetros normativos de sexualidad y género, se convierte en un estigma en sí, y por lo tanto, en daño. en ser vulnerable a los silencios, en ser objetivo de acusaciones, en ser foco de miedos y ansiedades, pero no ya por haber contraido una enfermedad asociada con un gran estigma social, es simplemente por pertenecer a un colectivo, por ser una persona, que está marcada por un gran estigma.

la lesbofobia, la bifobia y la transmisoginia son expresiones, muchas veces cotidianas, constantes y normalizadas, y por tanto, no castigadas, de ese daño, que llevan a pérdidas de salud, falta o precaria atención médica, daños iatrogénicos, y un largo etcétera. que deterioran la salud sexual e integral de las mujeres sáficas, y que muchas veces las impide un desarrollo de su sexualidad libre de violencias o ansiedad.

entender la lesbofobia, la bifobia y la transmisoginia como daño es empezar a comprender la importancia de expandir la salud sexual de las mujeres sáficas más allá del plano biomédico y de los modelos de prevención y anticoncepción.

es un desarrollo del concepto de salud sexual que tenga en cuenta los contextos sociales, económicos y políticos. que tenga en cuenta la precareidad y las diferencias de clase y las consecuencias en salud, que reflexione sobre las discriminaciones basadas en el género y la orientación sexual, que también tienen consecuencias sobre la salud. que ponga sobre la mesa cómo en ocasiones y para ciertos colectivos, la salud sexual puede ser signo de control social. nada de esto podemos hacerlo sin expandir el concepto de salud sexual que tenemos, sin darnos cuenta que la salud y el sistema de atención también proviene y es impactada por los planos socioculturales, políticos y económicos, que lo conforman.

y sobre todo tenemos que empezar a comprender que la transmisoginia es una de las expresiones de daño que más impunidad tiene, y que probablemente, la que más impacto negativo provoca. cómo las mujeres trans pagan unas altas cuotas de sufrimiento social, sobre todo en el ámbito de la atención en salud, y como el ataque constante contra su identidad y existencia queda impune.

reflexionemos como profesionales de la salud, o como activistas, si estamos teniendo en cuenta la transmisoginia en nuestas reflexiones, si estamos reflexionando sobre la transmigonia en sí, si estamos intentando hacer unas prácticas en salud que intenten, minizar el daño en la manera en la que nos sea posible, y a la vez, generar un cuerpo de conocimiento y de práctica que sea una contranarrativa a ese discurso de salud sexual biomédico, cisexista y heterosexual.

estudiar la salud sexual, indagar sobre ella, intentar integrarla dentro de una concepción crítica y radical respecto a la política, a la vinculación con la economía a los modelos sexuales de la que depende, es analizar e intentar generar teoría (que vaya siempre enfocada hacia la transformación social y política) en un campo que es, de manera simultánea, íntimo y personal, público y político.

es un plano de la vida de las personas en el que las profesionales podemos hacer el mismo daño que beneficio, y una de las preguntas que nos tenemos que hacer es sí, al menos, estamos minimizando el daño que ya existe.

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