la medicalización de lo político

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“la enfermedad y la biomedicina constantemente son utilizadas para resignificar procesos económicos-políticos en términos de enfermedad”

eduardo menéndez

esta cita, pertenece al libro la parte negada de la cultura. relativismo, diferencias y racismo, escrito por el antropólogo médico eduardo menéndez. encima de ella, mi profesor de antropología del parentesco (que amablemente me ha dejado una vasta colección de libros sobre antropología médica para poder formarme por mi cuenta), anotaba «medicalización de lo político», concepto que le voy a robar y usar para esta pequeña reflexión.

menéndez, continúa explicando este proceso: “de tal manera que desde la desnutrición imperante en varias regiones de brasil, y especialmente en el noroeste (sheper-hughes, 1997), hasta la masa creciente de personas que no tienen vivienda en estados unidos, tienden a ser analizados y a «encontrar» soluciones no en términos socioeconómicos, sino en términos de problemas de salud, inclusive de salud mental, que en el caso de los sujetos «sin vivienda» aparece relacionado con el proceso de deshospitalizaación psiquiátrica (mathieu, 1993)”

podríamos dar mil ejemplos más. siguiendo la reflexión sobre salud mental, y siguiendo con la perspectiva de la antropología médica, como la «biopolíticas de la aficción» o la «biologización de la cultura» de ángel martinez hernaez, términos que explican cómo se sigue reduciendo aflicciones o malestares psíquicos provocados por situaciones vitales o por condiciones laborales de un capitalismo inhumano, en patologías biológicas que pueden ser medicables, y que de hecho, lo son.

llevándome la «medicalización de lo político» a mi terreno, el de la salud sexual y la sexología crítica, se me abre otro pliegue de posibilidades en las que pensar cómo ha afectado este proceso a la salud sexualidad, a la sexualidad, a las prácticas sexológicas. qué tipo de procesos se han enmascarado, se están enmascarando, a medida que el plano de la biomedicina sigue imperante en cualquier ámbito de la salud, y como tiene su mayor sustento en la gigante industria farmaceútica (y en el caso de la sexología en particular, de varios nichos de mercado).

volviendo a millet, siempre a ella, tenemos que recordar que lo personal es político, y que la sexualidad es política, siempre lo ha sido, aunque ahora estemos en un momento de individualismo salvaje que pretende descontextualizar y despolitizar todos los procesos vitales.

la sexualidad (las prácticas sexuales, el género, la identidad, la orientación, el placer, el deseo, la erótica, la reproducción…) es política. la sexualidad es una construcción sociocultural compleja. la sexualidad da sentido social y se entiende en términos sociales. es imposible separar la sexualidad de estos procesos, es imposible separar la sexualidad de lo social, de lo cultural y del poder, de lo político.

dándole vueltas al término «la medicalización de lo político» me he dado cuenta que ha estado detrás de muchos procesos de control, regulación o prohibición de la sexualidad. y en particular, de la sexualidad de las mujeres, y la existencia de las disidencias sexuales.

muchas veces hablo de cómo, históricamente, el cuerpo de las mujeres además de pertenecer a su padre, a su marido, a su hijo, ha pertenecido principalmente a la medicina. las disidencias sexuales, su cuerpo y su existencia, también han pertenecido (y siguen perteneciendo) a la medicina. sabemos que la medicina y el sistema biomédico, hace ya mucho que dejaron de tener la función exclusiva de curar, sino que tienen una función importantísima: la del control social y la de generar normalidad. «la medicalización de lo político» supone una gran herramienta.

si pienso en la «la medicalización de lo político», pienso en los intentos de lanzar al mercado una viagra femenina, tras el éxito sin precedentes que tuvo la viagra a finales de los años 90. además del sesgo increiblemente cisheteronormativo detrás del propio concepto de la viagra, que es alargar eternamente el sexo, pero solo si este es penetrativo y coital, ya que otras muchas prácticas desgenitalizadas, no necesitarían las pastillas.

el intento por parte de varias industrias farmaceúticas del desarrollo de la viagra femenina puso sobre la mesa una cosa esencial: el deseo femenino es dificil de clasificar en términos puramente biológicos, por tanto, tremendamente difícil de medicalizar. creo que también se abrió el melón de como el deseo es una construcción psicobiosocial compleja que , en general, no puede ni cuantificarse ni esencializarse. pero se intentó, y en cierta medida se consigió (una patente de la viagra femenina llegó al mercado, la cual tenía más efectos adversos que resultados positivos).

el deseo en las mujeres, ya sea en exceso o en defecto, ha sido y siempre será un problema a estudiar desde la clave social: desde la poca o nula educación sexual recibida por las mujeres, desde los pocos espacios de experimentación y de exploración, desde la vergüenza, la pureza y la culpa católica asociada a él… la aproximación al desdeo desde el intento de su medicalización, es obviar por completo todos los puntos que he mencionado antes. ignorando la carga política de reivindicación del deseo en las muejres.

así, si pienso en la «medicalización de lo político», pienso en la instauración de la histeria. enfermedad inventada, y gestionada por el saber médico del siglo XIX y principal motivo de encierro en manicomios de las mujeres victorianas. una enfermedad que tenía una variopinta variedad de síntomas, puramente biológicos como desmayos, insomnio o hiperventilación, a otros completamente alejados de la biología como la «tendencia a causar problemas».

(sin mencionar, que una de las maneras de tratar médicamente la histeria, era llevar a las mujeres al «paroxismo histérico», es decir, al orgasmo. que era provocado por los médicos mediante la estimulación del clítoris. debido al cansancio que suponía para un médico tener que estimular a mujeres histéricas a diario, el vibrador fue concebido. y la medicalización de lo político, de lo social, de la cultura, se asocia con la mercantilización de la vida. siempre mano a mano)

la histeria es un ejemplo de la medicalización de lo político porque se concibió como una manera de ocultar y negar el deseo, la sexualidad y el placer femenino, y a la vez, usar esa enfermedad en terminos de control social y de regulación. ya que con una lista de más de 75 síntomas, prácticamente cualquier mujer podía ser diagnosticada de histerismo, y ser trasladada a un manicomio a ser tratada por histérica, y en muchas ocasiones, no salir nunca.

el diagnóstico de la histeria, enmascaraba la represión sexual femenina (o su total negación), y encontraba en la biomedicina una manera de ejercer control social de las mujeres. es decir, convirtió que las mujeres tuviesen una sexualidad y un deseo, o que no se comportasen como se debían comportar según las estrictas normas sociales de la época, en un problema de salud. cuando el problema era principalmente social y político, basado en la ignoracia y la represión.

ninguno de estos casos son, o eran, problemas de salud, sino problemas sociales que han visto su solución en la medicalición y la ampliación de la jurisprudencia de la biomedicina, o al menos lo han intentado.

«la medicalización de lo político» supone para mi, un paso más para comprender lo complejo de la realidad sexual, sobre todo, desde la práctica sexológica. si abogo por una sexología crítica, por una sexología combativa y consecuente con la realidad material y social, este concepto es imprescindible para comprender como, desde la medicina, se puede convertir en enfermedad aquello que no lo es, y con ello, no poner las suficientes herramientas y énfasis en los cambios sociales o políticos que son necesarios para que cambien.

y que obviamente, no lo van a hacer por medio de una pastilla o un tratamiento médico.

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